Clásicos en Pantalla Grande

CLÁSICOS EN PANTALLA GRANDE: BILLY WILDER

Billy Wilder es conocido como maestro de la comedia estadounidense. Considerado el heredero de Ernst Lubitsch, el realizador ha llevado la comicidad de las situaciones hasta los límites del absurdo. Varias generaciones de espectadores se han reído contemplando sus películas y nadie ha olvidado las réplicas hilarantes de los dos músicos disfrazados de mujeres de Una Eva y dos Adanes.

No obstante, es difícil clasificar a Wilder entre los grandes cineastas de la comedia estadounidense. Sus películas son más atípicas que las de sus contemporáneos por ser él menos humanista que Frank Capra, menos refinado que George Cukor y menos abstracto que Howard Hawks. Su humor es más negro e incómodo. Su audacia en la ambigüedad sexual de sus diálogos con doble sentido roza la vulgaridad.

Su visión del mundo es cínica. Pero sabe hacer reír. Y no sólo eso. También ha rodado melodramas y películas de cine negro. Su discurso no varía nunca: tanto si muestra la trama de un asesinato, como la cobardía de un alcohólico, la de un gigoló vampirizado por una estrella del cine mudo, los avatares ridículos de una pareja de músicos perseguidos por la mafia o las de un poli ingenuo convertido en proxeneta a su pesar. Billy Wilder siempre filma la dificultad de ser: ya sea contando la travesía solitaria del Atlántico que protagonizó Lindbergh, los trapicheos del ocupante estadounidense en el Berlín de posguerra o las del director de Coca-Cola en el Berlín de la Guerra Fría.

Sus personajes se disfrazan de jovencita, de lord inglés o de mujer, traman estafas o falsas identidades, se prostituyen de verdad o de mentira, pero todos acaban por encontrar su momento de verdad.

Cada una de sus películas es una fábula en la que la maldad sólo es una pista falsa que impone el pudor. Su humor resulta de una cortesía provocadora cuyo objetivo es señalar la sordidez supina. Sus criticas sociales o ideológicas devienen reveladoras de ternuras enmascaradas o traicionadas. La obscenidad es consecuencia necesaria del realismo. Pues Billy Wilder es, ante todo, un moralista.

Extractos de un texto de Noël Simoslo