Clásicos en Pantalla Grande

A PARTIR DEL 17 DE FEBRERO

Resulta un tanto difícil no caer en la tentación de utilizar la legendaria cita de Samuel Fuller en Pierrot el loco (Jean-Luc Godard, 1965) para presentar la obra del director estadounidense. Muchos de los textos que quieren hablar de él empiezan con la misma frase, parece casi inevitable. Por su puesto, nos referimos a la respuesta que Fuller le da a Jean-Paul Belmondo ante su pregunta sobre qué es el cine. Decimos que es difícil porque no hay mejor introducción a su visión del oficio cinematográfico que la que él mismo da. Así que es mejor arrojarnos al lugar común y repetir con gusto las palabras de Fuller: «Una película es como un campo de batalla, hay amor, odio, acción, violencia y muerte. En una palabra: emoción».

Las películas de Samuel Fuller están marcadas por su propia vida. Sus inicios como reportero, su experiencia como escritor de novelas de bolsillo y su participación como soldado en la Segunda Guerra Mundial le sirvieron para escribir guiones y reflejar en sus películas la ambición periodística enfrentada a la ética, la lealtad y la traición en el mundo gansteril y la crudeza de las trincheras, etc. Hay tres géneros con los que su nombre está irremediablemente asociado: el western, el bélico y el cine negro. Pero su carrera estuvo llena de altibajos, teniendo siempre que ajustarse a presupuestos modestos y a forjarse su propio camino. Este sentido de independencia lo llevó a lo largo de toda su obra, sin asirse a ninguna regla de corrección política. De todos los cineastas de su generación, Fuller es el que ha suscitado los juicios más contradictorios, dando pie a malentendidos en torno al anticomunismo, la guerra, la identidad racial, en pocas palabras… a su forma de ver el Estados Unidos de su tiempo. Pero a la distancia de los años, es reconocible entre la violencia e ideología dentro de su cine, un sentido antirracista y antibelicista.

Para adentrarse en la filmografía de Fuller, la Cineteca Nacional presenta una retrospectiva empezando con su primera película Yo maté a Jesse James (1949) y culminando con su última producción realizada en Estados Unidos, Entrenado para matar: perro asesino (1982). Es una muy buena oportunidad para revisitar o conocer por primera vez, la filmografía de un director contundente, consentido de los críticos franceses y, sobre todo, cómo el mismo lo concebía, emocionante.

Cineteca Nacional